“¡Por favor, Dios! ¡Haz que pare! ¡Haz que pare! Ayúdame, Dios, por favor, ¡que pare, que pare!”, me daba golpes en la cabeza con los puños mientras lo decía. He vivido toda mi vida con un trastorno disociativo, sin saberlo. Durante mis primeros 32 años he pensado que estaba loca. Estaba claro que algo malo me pasaba, pero no sabía qué. Intenté pedir ayuda, pero sentí que me ignoraban. Muchas veces planeé mi suicidio en silencio en mi habitación, sin que nadie lo supiera, y aún lo hago. Los que van a leer este libro deben entender que no se trata de buscar culpables; se...