El librero es un hermano vocacional del cantinero y acaso también del farmacéutico. Más allá de las sutiles diferencias entre despachar licores, medicinas o libros, los tres acaban fungiendo como consejeros espirituales, vertederos de confesiones y testigos de las más extrañas conductas. A su manera, ejercen una suerte de pagano sacerdocio. Literatos consagrados que llegan de incógnito a preguntar si se venden sus libros; ilusos neófitos que esperan ver su poemario autoeditado convertido de la noche a la mañana en bestseller; compulsivos ligadores otoñales y casanovas buscando...